¿Cómo no sentir vergüenza? ¿Es posible?

La vergüenza aparece en cualquier momento de la vida que tengamos una vivencia en la que aparece el rechazo, la humillación, la crítica o la ruptura de contacto. Cuando esto pasa, se produce un sentimiento de vergüenza como mecanismo de defensa.

Quizás, cuanto más temprano suceda, puede que se quede como una vivencia más nuclear, más pegada, menos consciente y más corporal.

Incluso, uno pudo haber tenido una infancia con no demasiada vergüenza y luego tener en la adultez, tener experiencias que puedan ser muy humillantes y notar ahí ese mecanismo natural de “quiero desaparecer”.

Parte del trabajo con las emociones empieza cuando podemos empezar a ponerles nombre. A veces, se sienten cosas y no sabemos ponerle nombre. Es necesario poder nombrarlas para poder trabajarlas.

Es muy importante el proceso de nombrar porque en el trabajo de ir viendo las capas llegamos a nombrar algo más profundo que un vestido, características corporales o un determinado comportamiento.

También existe lo que llamamos vergüenza funcional o de protección: vamos con prudencia porque nos enfrentamos al mundo. Escaneamos el entorno y vemos qué está permitido y las normas o costumbres del lugar.

La vergüenza se puede volver crónica si no la sé gestionar, si aparece y no sé qué hacer. Eso es lo que la convierte en dificultad porque la tapo y me hace daño.

Que se haga algo crónico tiene que ver con cuán impactante fue el momento en el que por primera vez la persona fue rechazada en función de un rasgo o un comportamiento que ha tenido. No solo el suceso en si sino también el escaso acompañamiento frente a esta situación de vergüenza.

La gente que dice que nunca siente vergüenza no es posible. Lo sano es aprender a manejarla, no censurarla.